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data publikacji: 12-04-2010 | 20:44
data ostatniej modyfikacji: 12-04-2010 | 22:52
wytworzył: Sergio Balches
Somos buenos vecinos: las relaciones fronterizas Norte / Sur en el continente americano vistas por ensayistas del sur 12 kwietnia 2010

Somos buenos vecinos: las relaciones fronterizas Norte / Sur en el continente americano vistas por ensayistas del sur

 

 

R. Sergio Balches Arenas

Uniwersytet Jagielloński w Krakowie

 

I.                   INTRODUCCIÓN

 

Las relaciones panamericanas desde finales del siglo XIX hasta la actualidad han sido bastante controvertidas, dadas las especiales características del continente americano[1], las cuales han provocado que constantemente se produzca una pugna sostenida por la preponderancia en la escena internacional de los países del mismo. No es de extrañar, pues, que a lo largo de este tiempo se haya vivido una situación de constantes tensiones y distensiones, provocadas por intereses políticos, económicos y militares, que han llevado a convertir a América en un gigantesco laboratorio en el que se han producido múltiples experimentos sociales, económicos, políticos, etc.

 

Dos son los modelos previos de partida: el modelo anglosajón en el norte y el modelo hispano-luso en el sur, que han llevado a crear múltiples cosmovisiones, basadas en uno u otro modelo respectivamente. Esto se ha traducido -con muchas matizaciones, eso sí- en una confrontación de actitudes y posicionamientos que ya tuvieron previamente su reflejo histórico en la forma de entender la conquista de ambas partes del continente por parte de las distintas metrópolis en sus inicios: la visión territorialista y de expolio de España y Portugal frente a la visión comercial de Gran Bretaña, con matices intermedios en la actitud Francesa.

 

A grandes rasgos podemos decir que España y Portugal, quizá movidas por el anhelo universalizador del cristianismo, al final dieron en proteger de alguna manera los derechos humanos, a la par que terminaron creando lazos comerciales sólidos con sus colonias, mientras que esos mismos derechos humanos se ignoraron en la práctica por los descendientes de los primeros colonos británicos en el norte, desembocando en una conquista territorial desenfrenada y desterrando a los pobladores originarios de los territorios del norte a las migajas que les dejaron los colonos. Quizá estemos ante un planteamiento muy reduccionista de la situación, pero no cabe duda de que, prescindiendo de los trasfondos y de las posibles hipótesis acerca de las motivaciones de unos y otros, la realidad histórica patente pone de manifiesto los hechos aquí reflejados.

 

No es casualidad, pues, que ese afán expansionista del gran coloso del norte, haya fijado casi permanentemente su punto de mira en el sur del continente en el que se asienta. De ello hablarán numerosos autores latinoamericanos, los cuales, en muchos casos sin recato alguno, se esfuerzan en destacar como los países del sur sufren un neocolonialismo económico y político de una metrópoli que tiene nombre: los Estados Unidos de América. Precisamente el expansionismo al que hacemos referencia, ha adoptado a lo largo del siglo XX nuevas formas y estrategias, ahondando en la creación de desigualdades para fomentar una continua desestabilización socioeconómica de la zona y así, crear una necesidad de dependencia constante. La pobreza endémica de los países al sur de Estados Unidos ha fomentado un clientelismo que, en numerosas ocasiones, ha creado elementos contestatarios al régimen estadounidense, los cuales, bien han sido ignorados por su relativamente escasa trascendencia, bien han sido contrarrestados a través de la creación, fomento y financiación de forma indirecta de grupos opositores y paramilitares a distintos regímenes o bien han sido eliminados de raíz por constituir un claro peligro para los intereses norteamericanos en la zona.

 

 Además, según algunos autores, Estados Unidos, en su afán imperialista ha llegado incluso a privar del gentilicio continental a todos los que no son estadounidenses, arrogándose el derecho de determinar quién es americano y quién no. Política antigua es esa: el Imperio Romano otorgaba la ciudadanía romana como premio a aquellas personas, pueblos o naciones que eran de especial interés o que habían prestado un señalado servicio a Roma. Además, dicha ciudadanía, que era un bien ansiado por muchos, constituía un excelente premio a una vida de sacrificios.

 

De algo tenía que servir la historia a un país sin referencias históricas como Estados Unidos, y además del hecho de arrogarse el uso exclusivo del gentilicio “americano”, ha convertido su ciudadanía en uno de los premios más ansiados por los nuevos colonizados del sur: la obtención de la green card norteamericana se convierte en un premio a una vida de desvelos y sufrimientos por parte de muchos y, lo peor, es que además los que la obtienen lo perciben como un gran privilegio que los alejará de la miseria y la barbarie. Quizá eso mismo pensaban los galos cuando fueron anexionados al Imperio Romano y después fueron convenientemente romanizados, obteniendo en muchos casos la ciudadanía romana: se alejaban de lo que Roma estimaba como barbarie y miseria para convertirse en felices explotados por un imperio que sólo recogía y no proporcionaba otra cosa que “protección” a cambio de los recursos expoliados.

 

Salvando las distancias, esta es la visión más general que podremos apreciar en los escritos de numerosos autores latinoamericanos, así como el tono agridulce, más de queja que de protesta, frente a la imposibilidad de establecer un parangón con los Estados Unidos por parte del resto del continente, excepción hecha de Canadá. Este trabajo pretende acercar esa visión del desvalido frente al poderoso y ofrecer un análisis de la misma desde una perspectiva objetiva, aún cuando lo que prima en los ensayos estudiados es una subjetividad que, en numerosos casos, es evidentemente manifiesta.

 

II.                PERSPECTIVA HISTÓRICA.

 

II.1) Una primera aproximación a la evolución de los Estados Unidos frente a los países latinoamericanos en el siglo XX.

 

Desde la postura adoptada por los ensayistas latinoamericanos críticos, existe una visión que postula la existencia de una política imperialista por parte de Estados Unidos hacia el sur del continente. Quizá la posición más tajante la adopte Carlos Rangel, el cual realiza una efectiva descripción geopolítica en su libro Del buen salvaje al buen revolucionario. En dicho texto, uno de los capítulos se titula “El imperialismo Yanqui” en el cual se contienen los parámetros que, a juicio de este autor, marcarán a lo largo del siglo XX las relaciones entre el coloso del norte y los estados latinoamericanos, así como los factores decisivos para que se haya dado una determinada orientación política a dicho fenómeno, como más adelante se analizará con mayor profundidad.

 

A este respecto, cabe destacar el comienzo de dicho capítulo, en el que Rangel señala la realidad fehaciente de dicho imperialismo, como resultado del poder norteamericano, unido a la debilidad de los países latinoamericanos, realizando una comparación en la cual se da el parangón de un ladrón poderoso frente a una víctima desvalida. Las implicaciones del razonamiento de Rangel son más que evidentes, en el sentido de que existe una carga moralista en el texto, la cual se va convirtiendo a lo largo del mismo en una serie de recriminaciones más o menos legítimas en las que se refleja una realidad constante: la presencia de Estados Unidos en Iberoamérica y su intervención, bien directa, bien indirecta, a lo largo del tiempo sobre diversos países.

 

No cabe duda de que el siglo XX ha sido una época muy agitada para el continente americano y, si bien han sucedido hechos violentos generados por la propia dinámica de los distintos países de la zona, que en numerosas ocasiones se han saldado con luchas fraticidas, derrocamientos de gobiernos legítimos, bloqueos comerciales y políticos, etc..., en el caso concreto de América Latina una gran parte de estos hechos han sido provocados directa o indirectamente por los Estados Unidos, obedeciendo -según como señalan algunos ensayistas como el propio Rangel, Gabriel Zaid o Eduardo Galeano- a un fin más o menos (i)legítimo, aún cuando su modus operandi sea más que reprobable.

 

II.2) El gran problema de la inmigración en Estados Unidos: ¿existe una identidad nacional histórica?

 

Como es obvio, al hacer un recorrido por los diversos autores que vamos a tratar en el presente trabajo, podemos apreciar que la mayoría de los mismos incide en el aspecto de la inmigración hacia Estados Unidos y los problemas y beneficios que ésta plantea. Desgraciadamente, son más los problemas que las ventajas y así lo reflejarán ensayistas como Carlos Fuentes en La frontera herida, Mario Vargas Llosa en “El odio y el amor”[2], Carlos Monsiváis en Sí existe tal lugar: Los Ángeles, etc...

 

Desde nuestra perspectiva, queremos plantearnos una importante cuestión: ¿realmente en Estados Unidos existe una conciencia de identidad nacional diferenciada? Como es lógico, esta pregunta se responde por sí misma, pero no debemos ser nosotros quienes procedamos a contestar, sino la historia: no se puede llegar a entender plenamente cómo pueden existir problemas con la inmigración en un país que hasta prácticamente el siglo XX se ha forjado en función a las inmigraciones desde los más recónditos puntos del planeta y que debe su desorbitado crecimiento precisamente a personas que no han sido originariamente ciudadanas de tal país.

 

Así pues, surgen al respecto de esta situación nuevos elementos de reflexión: ¿quizá los latinoamericanos forman parte de una raza peligrosa que se debe aislar? ¿Existen latinoamericanos de primera y de segunda clase según la procedencia de los mismos? ¿Son diferentes los inmigrantes por necesidades económicas que los inmigrantes que se exilian por cuestiones políticas? Estas y otras preguntas que irán surgiendo al respecto tendrán una respuesta por parte de distintos articulistas y ensayistas latinoamericanos, teniendo en cuenta que no se trata de una visión uniforme, sino que prima la heterogeneidad de posturas así como variopintos planteamientos que, a veces, se podrá apreciar que rayan en posicionamientos radicales que ahondan en la imagen del latinoamericano desposeído y etiquetado por parte del gran vecino del norte con elementos y connotaciones negativas.

 

Una de estas visiones se la debemos a Octavio Paz, el cual señala al respecto en su libro El laberinto de la soledad que en Estados Unidos se creó una nueva universalidad articulada por tres axiomas: una lengua, un libro y una ley. La lengua fue el inglés, el libro la Biblia y la ley la Constitución, y añade además que esta universalidad es extraña, dado que no es falsa, sino paradójica y contradictoria. De ello podemos inferir el pragmatismo estadounidense frente al resto de pueblos de su entorno más cercano, en el sentido de que existe una conciencia latente de superioridad avalada por los elementos constituyentes que, según Paz, sirvieron de pilares básicos a esta nación. Nadie duda, pues, que el típico lema que aparece en los dólares estadounidenses sea únicamente un elemento basado en la tradición: In God we trust es toda una declaración de principios que otorga al estado los mismos derechos de pervivencia y supremacía que antaño el poder divino otorgaba a la figura de los monarcas absolutos europeos.

 

En este mismo tono insiste Carlos Monsiváis en su artículo Sí existe tal lugar: Los Ángeles, en el cual señala que, según el escritor polaco Ryszard Kapuściński, se da el cumplimiento de la profecía de la raza cósmica, el mestizaje universal que vislumbró Vasconcelos: “Las distintas razas del mundo tienden a mezclarse cada vez más, hasta formar un nuevo tipo humano, compuesto con la selección de los pueblos existentes” [Monsiváis, C, 1991].

 

Es a partir de ese punto desde el que obtenemos la conformación demográfica de  Estados Unidos y por ello debemos negar la unicidad histórica del desarrollo de este país a través, única y exclusivamente, del hombre catalogado como WASP[3], pues de una u otra forma, han tenido una gran relevancia otras razas y culturas, tanto en la creación como en el impulso y estabilización de Estados Unidos, en épocas pretéritas y actuales.

 

Por supuesto, Octavio Paz nos hace observar cómo Estados Unidos han conocido una amplia pluralidad de grupos étnicos y culturales, dado que por un lado se han producido emigraciones voluntarias, tanto de europeos como de asiáticos y latinoamericanos, y por otro se han dado movimientos migratorios forzados, especialmente en el caso de las personas llevadas de África para servir al hombre blanco dominante. La historia nos ha enseñado, además, que la vida de muchas de estas personas ha estado expuesta a graves amenazas y conflictos, por lo que la creación de la identidad nacional intrafronteriza ha estado marcada por una constante y desacostumbrada violencia que se ha interiorizado por parte de la sociedad norteamericana como un hecho subsidiario al desarrollo de la conciencia de estado. Precisamente de esta situación llegamos a un elemento importante en este país: los Estados Unidos no construyen una democracia multirracial, sino que su integridad se mantiene gracias a la hegemonía de una clase dirigente que se ampara en un innatismo propio de épocas feudales y que en la actualidad se apoya en la mayoría de las minorías, las cuales son sin duda superiores en número a los representantes raciales de dicha clase dirigente.

 

Octavio Paz, en este sentido,  se ve superado por la realidad del siglo XXI, en tanto que se hace una apuesta en Estados Unidos por la integración en el marco de la pluralidad existente. El laberinto de la soledad es, pues, un texto que al mismo tiempo goza de vigencia en algunos aspectos -especialmente en cuanto a la visión de México frente a Estados Unidos-, pero que también refleja la obsolescencia en cuanto a la descripción del gran país norteño. Quizá sea importante señalar la doble visión que existe en Estados Unidos en cuanto a la estructuración social, en el sentido de que por un lado se propicia una tendencia integradora, pero por otro, dicha tendencia se dirige más hacia un separatismo activo de clase, que ya no de raza. El único problema a esta última situación que podemos aducir es que, lamentablemente, se asocian las clases bajas a la población negra y latina, mientras que las clases altas se asocian a la población blanca: no deja de ser, en cualquier caso, un terrible tópico que se ha retroalimentado con el paso del tiempo y que en numerosos casos no obedece a la realidad.

 

Así, podemos apreciar una realidad preexistente en Estados Unidos: el desarrollo y crecimiento de la tendencia hacia una sociedad multirracial, aunque por otra parte, esto ya fue así desde los inicios de esta nación, aunque se mantenía dicha idea de forma solapada, si no vilipendiada, por los propios creadores de la nación norteña, dado que desde el principio imperó la conciencia WASP para una sociedad que se basaba en los esquemas de este tipo de hombre y que, por lo tanto, era excluyente de otro tipo de esquemas y razas. Esa perversión social de partida es la que propició que la “cuna de las libertades” fuera uno de los centros mundiales del esclavismo durante el siglo XIX y mantuviera durante el siglo XX una obcecada visión de primacía racial que se ha visto desbordada con la elección de un presidente que no obedece a los patrones raciales del tipo WASP en los albores del siglo XXI.

 

Posiblemente uno de los grandes aciertos de Octavio Paz sea el hecho de tratar acerca de la ampliación del espectro de esta situación multirracial y así, cuando nos habla de la minoría hispana en  Estados Unidos, que eminentemente se caracteriza por una religión unificada   -el catolicismo- y por una lengua común -el español-, también nos habla de las minorías afroamericanas y asiáticas, sobre las cuales señala que existe una clara división: por una lado nos encontramos a las culturas de origen africano, las cuales presentan una gran diversidad entre ellas, por lo que no se puede hablar de una homogeneidad en la población proveniente de dichas culturas; por otro lado están presentes los grupos asiáticos que presentan un gran diversidad cultural, religiosa, lingüística, etc. Así pues, Paz presenta a la minoría hispana como un grupo cohesionado frente a la pluralidad y diversidad reinantes en el seno de otras minorías, lo cual supone que esta homogeneidad debería constituir un factor de resistencia a la permeabilidad cultural que sufre la sociedad norteamericana en general. El único problema ante tal argumento es que realmente no existe una permeabilidad cultural efectiva, sino que cada grupo racial se atrinchera dentro de unas fronteras autoimpuestas que provocan un fenómeno de ghetto sociocultural.

 

De esta situación podemos colegir el hecho de que se produce una importante carencia de identidad racial y cultural única y exclusiva de los Estados Unidos, dado que no existe una tradición histórica de norteamericanismo, no existe ese pasado glorioso y remoto en el que se constituyó una nación por unas personas cuyos descendientes son los ciudadanos tradicionales de la misma. El hecho de que se pierda el elemento mítico sobre los orígenes de ese pueblo resulta en una falta de cohesión comunitaria, pues es el relato y el ritual los dos aspectos que ayudan a construir una sociedad desde sus inicios y la dotan de una identidad que se transmite a través del tiempo, trascendiendo de lo meramente humano y perecedero para asentarse en la conciencia de lo mítico y universal.

 

Estados Unidos ha sido un país que se ha construido en función a ingentes cantidades de inmigrantes, siendo estos mismos inmigrantes los que han colaborado en poner de manifiesto para el resto del mundo el concepto de americanismo: un americanismo, por supuesto, entendido a la manera norteña. Entendida esta cuestión quedan, pues, dos preguntas en el aire: ¿por qué el norteamericano se siente orgulloso de una unidad nacional y racial que parece no poseer? ¿Por qué se discrimina a los nuevos inmigrantes de finales del siglo XX que, careciendo de recursos económicos desean ir a hacer fortuna a este país, como muchos otros ya hicieron con notable éxito hasta mediados de dicho siglo?

 

Quizá no hayan podido llegar a alcanzar por sí mismos una respuesta por el momento, pero paso a paso iremos observando en las distintas cuestiones que trataremos a continuación, diversos factores que nos conducirán a una o a varias posibles respuestas para estas preguntas y para otras que puedan suscitarse al respecto.

 

III.             LAS RELACIONES ENTRE ESTADOS UNIDOS Y AMÉRICA LATINA DURANTE EL SIGLO XX.

 

Siempre han existido distintos tipos de relaciones entre los diversos países del planeta: desde las más armoniosas hasta las más violentas posibles. En el caso que nos ocupa, las que ha tenido Estados Unidos con los países latinoamericanos no han podido ser más tormentosas. Y podemos hablar desde todos los prismas posibles: el político, el económico, el militar, etc...

 

Para poder resumir en breves palabras la relación entre las culturas de la América anglosajona y la de la América hispana, habríamos de coincidir con Vargas Llosa en que ésta ha sido una constante relación de amor‑odio. Hay autores que coinciden con esta aseveración, aunque otros, quizá los más, se posicionan en contra de Estados Unidos desde una perspectiva que traza el arco desde la crítica constructiva de Carlos Monsiváis o de Octavio Paz hasta la oposición más radical y absoluta de Carlos Rangel o de Eduardo Galeano.

 

Por supuesto, encontramos visiones que reflejan la necesidad que América Latina tiene de Estados Unidos, como puede ser la de José E. Rodó en su Ariel o la del mismo Vargas Llosa en “El odio y el amor”. Pero todo esto no es más que el indicio de una realidad latente en la que debemos profundizar para ser capaces de constatar los hechos más importantes y clarificadores de esta historia de un continente con protagonistas diversos.

 

Al respecto de las relaciones entre Estados Unidos e América Latina podemos señalar, siempre con cierta cautela, que no han sido nunca o casi nunca de igual a igual. Esto se ha debido a que han existido causas circunstanciales relativas a aspectos materiales, técnicos, políticos, ideológicos y humanos que han provocado una inversión radical en los papeles que han desempeñado, por ejemplo Estados Unidos y México: entre el siglo XVII y XVIII es México el territorio que descolla en riqueza y prosperidad, mientras que a partir de la segunda mitad del siglo XVIII comienza a darse tal inversión tras la derrota de este país a manos de Estados Unidos. Tras dicha derrota, las causas a las que apunta Octavio Paz actúan para crear un abismo entre ambos países que aún no ha podido ser superado. Este autor, en el capítulo titulado “México y Estados Unidos. Posiciones y Contraposiciones. Pobreza y Civilización”, perteneciente a su libro El laberinto de la soledad, realiza un contraste analítico de orden histórico en el que hace notar un constante desequilibrio en la balanza de la prosperidad, primero hacia el sur y posteriormente hacia el norte, produciéndose la inversión de papeles a la que antes aludíamos.

 

Una perspectiva ya antigua nos la ofrecía, como se indicó anteriormente, José E. Rodó en su Ariel, del cual habla Carlos Rangel en el capítulo “Civilización y barbarie” de su libro Del buen salvaje al buen revolucionario, señalando al respecto que Rodó no tomó en cuenta a la hora de plasmar en su Ariel las angustias y resentimientos de la ciudadanía latinoamericana, sino de las clases dirigentes y los intelectuales, con lo que en realidad, lo que estaba haciendo Rodó era crear un resignación generalizada que viniera a compensar estos resentimientos. Quizá por eso insiste Rangel en una curiosa situación: el ideal político latinoamericano se queda en el mero papel que recoge unas constituciones en todo punto impecables, pero alejadas de la práctica política usual en esta región del mundo. Quizá existía un deseo de emular a Estados Unidos en cuanto a disponer de cartas magnas que arrojaran luz sobre los principios y valores democráticos más puros, aunque a posteriori dichos principios democráticos no fueran sino una entelequia que servía de cortina de humo para prácticas políticas más o menos funestas. Así pues, si Estados Unidos resulta ser una referente en el campo legislativo, ético y de valores democráticos, los países de América Latina han resultado ser un referente constante en la interdicción de estos valores y de la ética que los acompaña.

 

Es precisamente ahí en donde el gran estado del norte se carga de razones morales -y moralistas, todo hay que decirlo- para ser el guía y referente de todo el continente, de norte a sur, con lo que se producen situaciones como el hecho de que “americano” sea un gentilicio que inmediatamente es asociado al estadounidense, mientras que al sur de Estados Unidos hay que prefijarlo con el término “latino”. Este botón de muestra es una de las causas de frustración de los habitantes del sur, trasladándose además dicha frustración a otros aspectos más genéricos de la relación que se da entre Estados Unidos y América Latina que, en cualquier caso, puede crear más puntos de divergencia que nexos de unión desde los factores étnico, social, político, económico, etc.

 

Por su parte, Mario Vargas Llosa señala en “El odio y el amor” distintos elementos que hacen que el latinoamericano recele de Estados Unidos, resaltando una clara antipatía por parte de los sectores democráticos hacia ese país, aunque de ordinario, la postura más cómoda será la recriminatoria, para lo cual se argumenta que el coloso del norte creció gracias al sudor y las lágrimas de los pobres vecinos del sur. ¿Cómo se plasma en la realidad este pensamiento? De una forma bastante sencilla: basta con llevar a cabo una manipulación ideológica hacia el exterior, frivolizada a través de una constante campaña contra el “imperio” que Estados Unidos pretende asentar en el continente.

 

Lo curioso, y así lo señala Vargas Llosa, es que la única penetración cultural del vecino norteño se da a través de los intelectuales latinoamericanos que realizan la campaña de manipulación ideológica, bien consciente, bien inconscientemente, lo cual les lleva a conseguir becas y  bolsas de viaje para ir a Estados Unidos, hecho que provoca una disociación de sus conductas públicas y sus conductas privadas, dado que en las privadas repudian lo que escriben y dicen en público, a fin de mantener los privilegios y la posición que la política de clientelismo estadounidense propicia y que les beneficia en lo material en lo social y, eventualmente, en lo académico.

 

Es lógico deducir a partir de lo expuesto que el intelectual latinoamericano convive en su interior con una dualidad, que se manifiesta por un lado en su resentimiento aparente contra Estados Unidos, como potencia opresora y conquistadora de sus pueblos en un futuro no muy lejano y por otro, en ese afán de llegar y destacar en tal país, convirtiéndolo en un nuevo “El Dorado” de la cultura y la intelectualidad, al mismo tiempo que encuentra unos medios más que holgados de subsistencia que de otra forma no tendría en su país de origen.

 

IV.             EL EJE NORTE‑SUR: UN CÚMULO DE PROBLEMAS.

 

A juicio de de los autores latinoamericanos analizados, se han ido produciendo históricamente una serie de problemas, los cuales han tenido un mayor impacto en los aspectos políticos, económicos y sociales en el contexto de las relaciones norte‑sur. Octavio Paz en su ensayo El laberinto de la soledad habla acerca de esta temática, planteándola como una dualidad en la que se oponen modos de vida y sensibilidad, delimitando el norte y el sur respectivamente.

 

El autor indica que la oposición norte/sur viene desde muy antiguo, concretamente desde la época de la América precolombina: si en el norte del continente existían naciones nómadas y guerreras, en Mesoamérica y en la zona sur del continente existían civilizaciones agrícolas, dueñas de complejas instituciones sociales y políticas. Estas diferencias pervivieron incluso después de la conquista de América, y no fueron ya sólo internas en el marco continental, sino que los mismos colonizadores importaron dichas diferencias al nuevo continente, dado que se produce un parangón entre los virreinatos de Nueva España y de Perú, en el sentido de que eran reinos pertenecientes a la Corona de Castilla, al igual que otros reinos asentados en la Península Ibérica, lo cual confiere a los primeros una situación de iure de igualdad. Eso nos lleva a apreciar que realmente dichos territorios no fueron colonias en el sentido estricto del término, al contrario que los asentamientos ingleses en el norte, que mantenían lazos culturales, religiosos y políticos con Gran Bretaña.

 

Estas diferencias marcarán una tendencia de evolución continental distinta. Además, si bien en América Latina encontramos, como ya se ha señalado, que los pobladores precolombinos se agrupan en sociedades sedentarias y urbanas frente a las sociedades nómadas del norte, nos hallaremos ante una conjunción de factores y situaciones históricas que ofrecen un desfase importante entre la parte norte y la parte sur del continente americano y que desembocarán en un desencuentro continuo entre las mismas.

 

IV.1) Políticas intervencionistas de Estados Unidos en los países latinoamericanos.

 

Es fehacientemente conocido el enorme interés por parte de Estados Unidos de llegar a ser una especie de árbitro mundial desde hace ya décadas. A raíz de esta situación, podríamos intuir que ha estado practicando en América Latina esta actividad antes de lanzarse a proyectar esta situación a escala global. Algunos autores hablarán de imperialismo, otros podrán decir que se trata de un nuevo colonialismo encubierto y otros, los menos, expondrán que hay que estar sumamente agradecidos a los Estados Unidos por haber colaborado en el relanzamiento socio‑económico de esos países latinoamericanos.

 

De cualquier manera, es apreciable el hecho de que los resultados de las diversas intervenciones de Estados Unidos en América Latina han sido imprevisibles: algunas veces desproporcionados, otras veces ridículos y disparatados y otras veces excesivamente efectivos. Carlos Rangel, por ejemplo, en un libro titulado Del buen salvaje al buen revolucionario, señala desde una perspectiva histórica algunas de las actuaciones e intervenciones tanto políticas como militares en tierras latinoamericanas, las cuales ciertamente reprueba. De hecho, Rangel trata acerca de las políticas de la administración norteamericana en relación con operaciones activas de las fuerzas armadas de Estados Unidos o con operaciones encubiertas de la CIA en países latinoamericanos, habiendo sufrido las mismas personajes como Noriega, Daniel Ortega, Fidel Castro, etc...

 

Se habrá de deducir, pues, que Estados Unidos no se ha quedado de brazos cruzados ante las diversas avenencias y desavenencias en el interior de los países latinoamericanos en los que ha intervenido, sino que cuando ha sido de interés para su política exterior lo ha hecho de una forma muy activa. Ahora bien, ¿quién establece el criterio de interés o desinterés en cuanto a la política exterior de este país?

 

El “interés nacional”, eufemismo que se utiliza como argumento de peso en el proceso de toma de decisiones en la administración estadounidense para llevar a cabo intervenciones en zonas localizadas, ha sido un constante lastre para los países latinoamericanos, proveedores de recursos y mano de obra barata al gran país norteño, y es que no debemos olvidar que Estados Unidos, además de lo ya dicho sobre sus intenciones y actividades, ha construido la maquinaria burocrática y administrativa más complicada y enorme del globo, a excepción del aparato estatal que existía en la antigua Unión Soviética. No es de extraña que en cuanto a política exterior se refiere, sean los mismos burócratas y funcionarios de alto nivel los que deciden lo que es de interés y lo que no es de interés nacional, alejándose así de la órbita diplomática para entrar en un espacio descarnado en el que sólo priman elementos estadísticos y administrativos, a veces ignorantes de la legitimidad e independencia de una nación. En cualquier caso, el atropellar la soberanía de un país es ya algo habitual por parte de Estados Unidos, cosa que fehacientemente señaló Vargas Llosa al referirse a la toma militar de la isla de Granada, que aunque no se tratara de un país propiamente latinoamericano, se hallaba suficientemente cerca de Cuba como para representar una importante plataforma para los intereses norteamericanos en el Caribe.

 

Aparte de lo expuesto, y ahondando en la cuestión, hechos del pasado de todos conocidos son, por ejemplo, la pseudo‑anexión de Puerto Rico, el golpe de estado que el general Augusto Pinochet dio al presidente Salvador Allende, el caso del general Noriega que fue dictador de Panamá impuesto por Estados Unidos y posteriormente fue derrocado por dicho país, la toma militar de la isla de  Granada, así como un largo etcétera de hechos que, si no han sido conocidos todavía, cabe pensar que irán saliendo a la luz paulatinamente en un futuro no muy lejano.

 

IV.2) La competitividad empresarial.

 

En principio habríamos de preguntarnos si existe una industria sólida en América Latina, si existen empresas mundial o regionalmente competitivas y si esa industria o esas empresas son autóctonas o son provenientes de capital extranjero.

 

Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina nos pone sobre la pista de aquellos hechos que, desde el punto de vista económico, han sacudido a esta zona del planeta, indicando que:

 

      “Cuando Lenin escribió, en la primavera de 1916, su libro sobre el imperialismo, el capital norteamericano abarcaba menos de la quinta parte total de las inversiones privadas directas, de origen extranjero, en América Latina. En 1970, abarca cerca de las tres cuartas partes.” [Galeano, E., 1981: 172]

 

con lo que se puede apreciar una paulatina consolidación del capital norteamericano en detrimento de otros capitales extranjeros y, lo que es más importante, en detrimento del propio capital latinoamericano en esta parte del continente. Continúa Galeano diciendo al respecto de la dicha zona:

 

      “América Latina continúa exportando su desocupación y su miseria: las materias primas que el mercado mundial necesita y de cuya venta depende la economía de la región y ciertos productos industriales elaborados, con mano de obra barata, por filiales de las corporaciones multinacionales. El intercambio desigual funciona como siempre: los salarios de hambre de América Latina contribuyen a financiar los altos salarios de Estados Unidos y Europa.” [Galeano, E., 1981: 173]

 

Si tenemos en cuenta que la concentración de capital  norteamericano se produce en América Latina en mayor proporción que en los propios Estados Unidos, según afirma Galeano, se hace patente que los beneficios que estas industrias obtengan revertirán en bolsillos norteamericanos, pues se produce una competencia en cierto modo desleal y desigual del fuerte frente al débil. En cualquier caso, Galeano elabora un discurso eminentemente anticapitalista y antinorteamericano, aún cuando dispone de datos estadísticos fidedignos que ayudan a entender la perspectiva de dominación económica de Estados Unidos sobre América Latina.

 

Carlos Rangel parte de una postura tan explicita como la de Eduardo Galeano en el aspecto económico, la cual tiene fiel reflejo en su ensayo Del buen salvaje al buen revolucionario, indicando al respecto que América Latina constituía un codiciado bien para Estados Unidos, en tanto que su tasa de crecimiento entre 1935 y 1955 duplicaba la tasa de los países occidentales más señeros en el terreno económico.

 

De cualquier manera, estos argumentos no nos demuestran sino que, o bien los ingresos generados por tan espectacular crecimiento económico no revierten en los países en los que se asientan industrias y empresas (sean de la nacionalidad que sean), o bien todavía existe tal desproporción entre la economía latinoamericana y la de los países capitalistas avanzados (con Estados Unidos a la cabeza de ellos) que por mucho que pueda crecer la economía de los países sureños aún falta un largo camino hasta situarse en cabeza de la economía mundial, lo cual conlleva un gran número de bolsas de miseria que se siguen manteniendo en la actualidad.

 

V.                EL LATINOAMERICANO EN ESTADOS UNIDOS.

 

La minoría hispana de los Estados Unidos es la segunda en el país por su número, existiendo una gran diversidad étnica entre la misma ‑españoles, indios, negros, mestizos o mulatos‑ que contrasta con la homogeneidad cultural a la que se hizo referencia anteriormente, lo cual distingue a esta minoría de la otra gran minoría: la negra. De hecho, según los datos que Vargas Llosa facilita en “El odio y el amor”, el censo a fecha de 1990 de hispanos residentes en Estados Unidos era de 20.779.000 personas.

 

La minoría hispánica, según Octavio Paz, representa en los Estados Unidos una variante de la civilización de Occidente, la cual no es menos excéntrica que la angloamericana. Aparte de esta complejidad étnica y cultural, los grupos hispanos en Estados Unidos pertenecen a países distintos. Lo que parece notable no es la diversidad de estos grupos hispanos y sus diferencias sino su extraordinaria cohesión, a pesar de provenir de escalas sociales diferentes e, incluso, de épocas diferentes, (entendido esto último en un sentido poco literal). Esta cohesión se manifiesta en conductas y actitudes colectivas, frente a la sociedad norteamericana, que se funda sobre el individuo.

 

V.1) La ciudadanía norteamericana: ese bien tan preciado.

 

Un gran problema que los latinoamericanos vienen experimentando de un tiempo a esta parte es el de la emigración hacia Estados Unidos, y no es porque sus propios países les pongan traba alguna, sino por el cuidado con el que las autoridades norteamericanas -en este caso a través del ya famoso Departamento de Inmigración- filtran el acceso al país. El problema acuciante de los inmigrantes ilegales, que se hallan en un alto número esperando a regularizar su situación, con  el constante temor a ser deportados a sus países de origen, se pretende evitar recurriendo a mil y una argucias, por ejemplo, como expone Vargas Llosa en “El odio y el amor”, incluso llegando a buscar un marido de alquiler para obtener esa nacionalidad tan preciada.

 

De hecho, este fenómeno de la inmigración ilegal genera situaciones de violencia, tanto física como social. Este aspecto ya lo señala Carlos Fuentes en La frontera herida, cuando narra cómo un agente fronterizo, Michael Elmer, dispara con un arma no autorizada contra el trabajador mexicano Darío Miranda causándole la muerte y siendo dicho agente absuelto por varios tribunales con posterioridad por considerar que se hallaba “en cumplimiento del servicio”. Esta escena, que nos puede parecer muy inusual, por el contrario es general, aunque normalmente no se salda con este tipo de defunciones: ello se debe a la pobreza que muchos de los inmigrantes hispanos sobrellevan en sus países de origen.

 

Carlos Monsiváis incide en la problemática de la inmigración de latinoamericanos hacia Estados Unidos, al igual que el mismo Vargas Llosa en “El odio y el amor”. En Sí existe tal lugar: Los Ángeles, Monsiváis expone que cada año se dirigen en altas proporciones hacia el gran vecino del norte cientos de miles de mexicanos, salvadoreños o guatemaltecos, que a lo largo de días y años desafían la brutalidad policiaca, la red de engaños y estafas de los polleros[4], el arraigo campesino a la tierra, las sensaciones de insuficiencia cultural, idiomática, tecnológica, etc...

 

No obstante, plantea también un problema, que consiste en esa constante migración‑inmigración de México hacia Estados Unidos y viceversa. Se da la circunstancia, pues, de la necesidad de acomodo por parte de estas personas, que son un número altísimo, sobre todo en la zona fronteriza, con un indeterminado criterio de nacionalidad y, principalmente, de identidad cultural: son mexicanos, pero también son ya norteamericanos y, al mismo tiempo, no son ni una ni otra cosa. Al final, existe una bolsa de población que deberíamos llamar chicana, que es más universal, pero que no sabemos si efectivamente será la destinada a poblar México en un futuro.

 

V.2) La barrera del lenguaje: un problema soluble.

 

El lenguaje se ha constituido siempre en un gran problema para  aquellas personas que se han visto obligadas a emigrar de un país a otro, máxime cuando partimos de la base de que el país de acogida posee una lengua oficial distinta a la del país de origen, añadiéndose el hecho de que la persona que emigra normalmente corresponde, como hemos visto hasta el momento en el caso de la interrelación de América Latina y Estados Unidos, a una clase social baja, con lo cual el acceso a una educación idiomática le resulta prohibitivo.

 

Ahora bien, con un constante flujo migratorio, se puede producir una situación en la que a raíz de una eclosión migratoria hacia un lugar determinado, se creen en dicho lugar bolsas poblacionales de emigrantes que mantienen su lengua materna, ejemplo que se manifiesta, a juicio de Vargas Llosa en Miami, donde los residentes hispanohablantes poseen su periódico en español, el Nuevo Herald, así como canales de televisión y emisoras de radio que permanentemente emiten su programación en esta lengua.

 

Es apreciable cómo se va imponiendo en ciertas zonas estadounidenses dominadas por hispanohablantes la lengua de Cervantes, pero ello es debido al ingente número de emigrantes hispanos que se hallan en dicha zona y a la presión demográfica que esta población ejerce. Si bien la política de las distintas administraciones públicas ha sido facilitar a los hispanohablantes escuelas donde se estudie el español, así como utilizar el español además del inglés para realizar trámites burocráticos de la administración en algunos estados, también es cierto que las restricciones idiomáticas se convierten en una cuestión política con la que juegan los políticos a distintos niveles, ora para conseguir nuevos votantes hispanos, ora para contentar a los tradicionales votantes anglosajones, llevándose a cabo una constante focalización en los aspectos lingüísticos que crean situaciones de tensión innecesarias en un país que alardea de su pluralidad y que a veces, parece ignorarla supinamente.

 

V.3) La problemática laboral.

 

El problema laboral existente en las minorías latinoamericanas es importante, dependiendo además del factor de si se es inmigrante legal o ilegal. En este orden de cosas, Carlos Fuentes con La frontera herida, se dedica a realizar una serie de apreciaciones de sumo interés. Estas puntualizaciones se refieren a los argumentos que provocan una xenofobia antimexicana en California, siendo quizá la principal aquella que señala a los trabajadores mexicanos como causa directa del desempleo entre la población autóctona. Por otra parte, según indica Fuentes, se argumenta también que los  trabajadores mexicanos son la causa fundamental del déficit presupuestario, dado que reciben beneficios sociales en exceso y no contribuyen a la economía de la nación.

 

Frente a los argumentos señalados, el mismo Carlos Fuentes responde que:

 

      “El trabajador mexicano es, simple y sencillamente, un chivo expiatorio para problemas generados en Estados Unidos que los norteamericanos no quieren mirar de frente.” [Fuentes, C., 1994]

 

Por otra parte, hay que tener en cuenta la inmensidad de trabajadores ilegales que se hallan en el territorio estadounidense, los cuales, como se dijo anteriormente, ansían regularizar su situación y no ser deportados. No obstante, Vargas Llosa nos habla de la gran cantidad de inmigrantes existentes en Miami, los cuales realizan sobre todo trabajos domésticos o manuales, aunque también son los mismos inmigrantes -cubanos principalmente- los que han producido un milagro económico en las últimas décadas del siglo XX, desarrollando un crecimiento empresarial y bancario en la zona de ingentes proporciones.

 

Así pues, nos encontramos con que los inmigrantes latinoamericanos pueden llegar a ocupar puestos de responsabilidad, merced a este desarrollo, incluso dándose el caso -cada vez menos usual- de que existan alcaldes y diputados en el Congreso latinos. Como botón de muestra baste señalar que incluso el que fuera rector de la Universidad Internacional de Florida allá por la década de los ‘90, Modesto Maidique, era latino. Como se puede apreciar, las ganas de trabajar y prosperar están presentes en el espíritu latino, constituyendo un fuerte contraste a la imagen despectiva de holgazanes y criminales de la que gozan los inmigrantes latinoamericanos por parte de los norteamericanos.

 

Un último problema, quizá menos acuciante es el que se refiere a la situación que atraviesan numerosos latinoamericanos que, contando con titulaciones que les permitirían trabajar en puestos de responsabilidad, han de conformarse con ser obreros o peones; pero claro, tampoco puede ser exigible que a cada uno de los cientos de miles de inmigrantes que van llegando al país norteño se les vaya acomodando en una plaza con un perfil laboral al gusto de cada uno.

 

VI.             ESTADOS UNIDOS: LA GRAN METRÓPOLI DE LA COLONIA “AMÉRICA”

 

¿Son o serán en un futuro no muy lejano los Estados Unidos una potencia colonialista con respecto a la totalidad del continente americano? Esta es quizá una pregunta a la que en la actualidad se podría responder negativamente, pero aún así parece importante realizar una serie de valoraciones importantes en torno a las perspectivas de futuro que se ciernen sobre el continente en función a la continua pugna norte-sur existente hasta nuestros días. Por ello se han de puntualizar los siguientes aspectos:

 

1.‑ El sueño americano: es para el latinoamericano el poder llegar a Estados Unidos a fin de mejorar su nivel de vida, a fin, en definitiva, de “triunfar”, convertirse en alguien de provecho y sobre todo ser un miembro más de esa sociedad de personas que “se han hecho a sí mismas”.

 

2.‑ Los países latinoamericanos: esta cuestión suscitaría largos debates e importantes discusiones, aunque podemos delimitar varias tendencias que podrían culminar en el metamorfismo que describe Gabriel Zaid en el capítulo “Un país para las visitas”, perteneciente a su ensayo Cómo leer en bicicleta. Problemas de la cultura y el poder en México, a través del cual se articula el curioso deseo de Estados Unidos de convertirse en una especie de país eminentemente subdesarrollado que vive del turismo, de un turismo psico‑sociológico.

 

Este argumento no es sino una fina ironía relativa a los países latinoamericanos que desean por todos los medios imitar al coloso del norte; aunque no sólo imitarlo, sino facilitar esa falacia sobre la que se construye esta idea. De hecho, y a través de diversos autores como Carlos Rangel u Octavio Paz ya conocemos esa ansia imitativa en relación a ciertos aspectos, como los esfuerzos de perfeccionismo constitucional que se manifiestan en los países latinoamericanos con respecto al vecino norteño.

 

3.‑ La idiosincrasia norteamericana: quizá en este aspecto podamos estemos ligeramente desinformados. Existe o puede existir un gran abismo entre cómo son los norteamericanos y cómo percibimos que son. Michael Ugarte, en su artículo El planeta: de Verdú, habla del ensayo escrito por Vicente Verdú, El planeta americano, señalándose en dicho ensayo, tal como cita el propio Ugarte, que:

 

      “Los norteamericanos son orgullosos y ultraconservadores, ignorantes de la geografía y otras materias básicas que se dan en la enseñanza primaria, extremadamente individualistas, antiintelectuales, neciamente religiosos, violentos, paranoicos, ingenuos,  vulgares (no sólo por los programas televisivos, sino porque eructan con frecuencia por la cantidad de coca‑cola que toman) y obscenos.” [Ugarte, M., 1996]

 

Obviamente esta es una visión en exceso negativa y peyorativa del norteamericano medio, aunque sí se puede señalar en función a lo expuesto que dicho norteamericano medio es muy patriótico y algo xenófobo (siempre que hay extranjeros que vienen a quitar puestos de trabajo a sus familiares, a sus vecinos o a uno mismo). En cualquier caso, Estados Unidos está atravesando una larga serie de problemas internos, con lo cual no es ese país perfecto que desde muchos medios de comunicación de masas, desde la cinematografía o desde los distintos foros políticos se nos quiere hacer ver.

 

4.‑ Estados Unidos como árbitros del mundo: es cierto que este país se ha arrogado, no se sabe por qué, el derecho a actuar en los conflictos que considere de interés, sea en el lugar del planeta que fuere preciso. Incluso las películas de cine norteamericanas ya transmiten subliminarmente un mensaje concreto: ellos siempre salvan al mundo, ellos son los héroes planetarios, ellos, siempre ellos...

 

En cualquier caso, no se trata de una recriminación, sino que se ha de analizar el concepto sociológico que mueve a actuar a esta nación así. Obviamente hemos de colegir que si desean constituirse en capitalidad terráquea aún tienen un largo camino por recorrer, lo cual no obsta para que vayan implantando una política de dominio continental: ya han empezado con Puerto Rico y continúan asfixiando a Cuba. Han suscrito un acuerdo con Canadá y México de libre comercio con una similitud a la estructura de lo que fue la Comunidad Económica Europea que hace predecir unos pasos similares en el camino andado por Europa... En definitiva, Estados Unidos construye y maneja a su antojo las situaciones para propiciar una relativa anexión que, si bien no lo podría conseguir la fuerza de las armas, lo conseguirá la fuerza de su economía, aunque ésta se haya visto afectada por la recesión que vive en la primera década del siglo XXI.

 

VII.          A MODO DE CONCLUSIÓN

 

Tras todo lo que se ha expuesto a lo largo del presente trabajo, parece oportuno cerrar el tema de las conflictivas relaciones entre Estados Unidos y América Latina con una serie de apreciaciones particularizadas que sirvan para reflejar la opinión de los ensayistas mencionados a lo largo de este artículo.

 

Parece lógico pensar que América Latina en la última mitad del siglo XX se ha relacionado, de una forma directa o indirecta en múltiples facetas con Estados Unidos, dado que, prácticamente de una forma u otra casi todo el planeta se relaciona con este país. Ello se debe a varios factores, entre los que cabe destacar: la proximidad geográfica, el intercambio comercial generado, el prestigio cultural, la admiración que Estados Unidos despierta en un buen número de habitantes de los países latinoamericanos, etc.

 

Estados Unidos ha sido para muchos el país de las oportunidades y precisamente por ello hoy día muchos latinoamericanos siguen pensando en esta clave, por lo que se desplazan de forma masiva hacia el mismo casi siempre sin nada más que sus ilusiones. Un trabajo, un sueño; pero es harto difícil en estos momentos poder obtener siquiera la entrada al país, a no ser que se haga de forma ilegal, con el consiguiente riesgo de ser deportados de forma inmediata y tajante.

 

Quizá esta emigración esté provocada por un sentimiento retributivo: “por tu culpa, Estados Unidos, somos pobres en nuestros países. Ahora debes ser tú quien haga que salgamos de esta pobreza”. Es obvio que buscar al culpable de la pobreza y la desesperación de los más desfavorecidos es una operación harto fácil, aunque resulta normalmente falaz: según los ensayistas que han aparecido a lo largo del presente trabajo,  se ha de partir desde los propios políticos latinoamericanos que no practican en sus propios países una política coherente y adecuada, y se ha de terminar, por ejemplo, en la influencia de las grandes multinacionales norteamericanas que explotan a un país del sur y no hacen que los beneficios obtenidos reviertan en dicho país que las acoge y les facilita una mano de obra más barata.

 

Todas estas cuestiones, además de esa constante amenaza de invasión militar norteamericana que parece pulular sobre casi la mayoría de estos países como un fantasma, en el caso de que exista un comportamiento “antiamericano”, como es el caso de la Venezuela actual de Hugo Chávez, hacen que el latinoamericano mire con recelo y temor a Estados Unidos, aunque también se fija en este país con ilusión y esperanza. Ya ha demostrado el coloso norteño fehacientemente lo que puede hacer con un país rebelde dado que se cuenta en la actualidad con los precedentes necesarios: puede ser una acción armada perfectamente organizada, puede ser una operación encubierta, puede ser a través de grupos autóctonos en forma de guerrilla...

 

En cualquier caso, se ha de destacar como hecho general que cada día que pasa el continente americano se va uniendo más y más, todo ello gracias al afán de Estados Unidos por crear una unión política fuerte con la que oponerse comercial, política e incluso militarmente a cualquier otra potencia que pueda surgir ahora o en el futuro.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

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ZAID, G. (1975), Cómo leer en bicicleta. Problemas de la cultura y el poder en México. México D. F., Joaquín Mortiz.



[1] Desde la perspectiva española, América del Norte, Mesoamérica y América del Sur conforman un único continente, por lo que a lo largo del presente trabajo vamos a partir de esa premisa geofísica y geopolítica.

[2] “El odio y el amor” es una conferencia política de Mario Vargas Llosa, la cual está recogida en su libro Contra viento y marea, vol. III. Barcelona, Seix Barral, 1990.

[3] White Anglosaxon Protestant (blanco anglosajón protestante).

[4] Se denomina en México ‘pollero’ a la persona que pasa inmigrantes indocumentados a Estados Unidos. También recibe la denominación de ‘coyote’.

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