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Entrevista a Rosa Navarro
Durán, autora del libro Alfonso de Valdés,
autor del “Lazarillo de Tormes”

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El devolver del Lazarillo de Tormes a su verdadero autor,
Alfonso de Valdés, provocó una cierta confusión en el mundo de los hispanistas.
¿Cómo fueron recibidas sus tesis?
Al principio con un silencio
absoluto; fue Juan Goytisolo, el gran escritor, quien lo rompió con un artículo
en “Babelia”, el suplemento cultural de El País, destacando el acierto de mi
lectura revolucionaria del Lazarillo. Luego vino la reacción de la prensa, que
llenó páginas con la novedad. Ahora, olvidados estos efímeros mensajeros,
empiezan a despertarse algunos lejanos expertos –los más cercanos siguen
callando– para clavarme algunas banderillas mordaces sin argumentar lo más
mínimo. Me llaman, por ejemplo, “feminista” por decir que “Vuestra Merced”, a
quien Lázaro se dirige en su declaración, es una mujer. Sin darse cuenta que
señalo tal hecho (que tiene marcas gramaticales en el texto que lo descubren)
para poder “ver” que es la confesión lo que enlaza a esta persona con el
arcipreste de San Salvador y dejar que cobre sentido su interés por “el caso”;
lo único que estoy haciendo es mostrar cómo literariamente el tema de la
confesión está relacionado con la mujer; no hay feminismo alguno, más bien
tradición literaria y, tal vez, reflejo de la realidad.
No es fácil
cambiar nada en filología; a diferencia del campo científico, en donde la
modificación de lo existente se considera necesario y lógico, en los estudios
filológicos, se lee como una traición, como muestra de desdén orgulloso o
incluso de ignorancia, la disensión con lo establecido, con lo que dijeron hace
años grandes maestros. Sin embargo, los jóvenes sí están aceptando la autoría de
Alfonso de Valdés y la nueva lectura de la obra que propongo.
¿Cómo ha
llegado a la conclusión que fue Alfonso de Valdés quien había compuesto la
“autobiografía”del Lázaro?
Al ver la sátira erasmista evidente en la
obra, al darme cuenta de que se dirigía contra los amos de Lázaro, sin nombre, y
que éstos pertenecían sólo a dos estamentos, al eclesiástico y al cortesano. Y
al advertir que la composición de la obra se sustentaba en el caso del
arcipreste amancebado y en el secreto de confesión en peligro, otras dos
preocupaciones esencialmente erasmistas.
Ese fue el inicio del camino que
me llevó a ver cómo Alfonso de Valdés era el autor del Lazarillo, el
principal valedor de Erasmo en España, el fiel secretario de cartas latinas del
Emperador, autor de dos Diálogos llenos de dardos satíricos contra la
iglesia corrupta y contra los malos cortesanos. En su Diálogo de Mercurio y
Carón hay un desfile de ánimas que nos lleva al de los amos de Lázaro, y
algunas de ellas dicen cosas semejantes a éstos.
Las referencias
históricas que aparecían en el Lazarillo cobraban así sentido: la primera
fecha elegida era la de una derrota de Fernando el Católico, cuya figura los
nobles castellanos imponían siempre como ejemplo al Emperador; y el momento
final de victoria era el máximo que había alcanzado Carlos V estando Valdés en
la corte. Cuando sale con ella de Toledo en 1529, vive la ciudad un año estéril
de “pan”; ya no regresará: muere en Viena el 6 de octubre de 1532. Poco antes, y
después de su segundo Diálogo, habrá escrito el Lazarillo, en ese
margen temporal que va de 1530 a principios de 1532. El espadero al que hace
mención, Cuéllar, está documentado en Toledo en 1529; los cambios, usureros, a
los que alude Lázaro, hicieron su agosto en el saco de Roma, de 1527, como
indican las cartas que le mandaban desde la ciudad al Emperador sus cortesanos.
Las concordancias léxicas son muchísimas (desde el muy raro
“contraminar” al uso de “acaecer” frente a la ausencia de “acontecer”, o al de
“llenar”frente a “henchir”; las expresiones “por cierto”, “hoy más”, “por
ventura”, “o, por mejor decir” usadas a menudo; los nexos “allende de”,
“finalmente”, etc.), pero no he recurrido a ellas porque pueden no ser
indicativas de una elección individual. Lo son también las literarias, por
ejemplo, el remontarse al principio para contar lo que se pretende (“porque
mejor me entiendas, de muy lejos quiero comenzar”, “quiero que me cuentes desde
el principio”, Diálogo de Mercurio y Carón; “parescióme no tomalle por el
medio, sino del principio”, Lazarillo). Los adjetivos subjetivizadores,
que señaló Alberto Blecua como “uno de los hallazgos más extraordinarios del
Lazarillo” están también en boca de Mercurio, que, en el parlamento que
da inicio a la segunda parte del Diálogo, llama a Carón “el cuitado”, “el
mezquino”, “el buen marinero” (¡A Carón!), “el bellaco”, según la situación que
evoca.
El propio Mercurio, al contemplar “en alto, como desde atalaya”
junto a san Pedro el saco de Roma, lo va describiendo al mismo tiempo que
introduce lo que comentan los dos: “Pues ¿cómo, san Pedro? –digo yo– ¿así quiere
Jesucristo destruir su religión [...]” “No pienses –dijo él– que la quiera
destruir [...] Víamos luego venir soldados vestidos en hábitos de cardenales, y
decíame san Pedro:“Mira, Mercurio, los juicios de Dios”, p. 132. La declaración
de Lázaro sigue el mismo sistema: introduce las voces de los personajes dentro
de su relato, siempre con el verbo dicendi. Pero los géneros son muy distintos,
y Alfonso de Valdés es un magnífico escritor que sabe cambiar espléndidamente de
registro, como puede verse en algunas réplicas del barquero Carón.
Ha
sido otro el camino elegido: descubrir las huellas de las lecturas de Alfonso de
Valdés en sus tres obras. En mi primer ensayo, Alfonso de Valdés, autor del
“Lazarillo de Tormes”, Madrid, Gredos, 2003, mostré la presencia en sus
dos Diálogos y en el Lazarillo de motivos literarios y expresiones
tomados de La cárcel de amor, de La Celestina, las comedias de Plauto y
las de Torres Naharro, La comedia Tebaida, el Retrato de la Lozana
Andaluza, el Cancionero de obras de burlas, el Relox de príncipes
de fray Antonio de Guevara. Precisamente este último, publicado en
Valladolid en 1529, y La Lozana Andaluza, editada en Venecia en 1528, son
las obras que imponen una fecha post quem para la redacción del Lazarillo. La
Segunda Celestina, de Feliciano de Silva, impresa en 1534, ya no tiene
motivos literarios que aparezcan en el Lazarillo; y, en cambio, sí hay en
él huellas de lectura del Lisuarte de Grecia (impreso en 1525), del
propio Silva, y también las hay en el Diálogo de Mercurio y
Carón.
He seguido avanzando en este camino, viendo las obras que se
editaron en España antes de 1529 y que, por tanto, pudo leer Alfonso de Valdés.
Y este es el contenido de mi segundo ensayo, “Lazarillo de Tormes” y las
lecturas de Alfonso de Valdés, Excma. Diputación de Cuenca, 2003. Expongo
los motivos literarios que pasan a sus tres obras, y así las enlazan; provienen
de libros de caballería (Amadís de Gaula, Oliveros de Castilla), o
del Arcipreste de Talavera, la Crónica burlesca del emperador Carlos V,
la Obra de agricultura, las Quincuagenas, el Tercer abecedario
espiritual, o del Decamerón de Boccaccio, el Novellino de
Masuccio, la Vida de Esopo o de la traducción de El asno de oro de
Apuleyo de Diego López de Cortegana. Al mismo tiempo que mostraba fuentes del
Lazarillo, se iba perfilando nítidamente el retrato de su autor, el
lector que tuvo a su alcance la Crónica burlesca de don Francesillo, que
circuló manuscrita por la corte, o La Lozana Andaluza, que no se difundió
por España y de la que sólo se hizo una edición (Venecia, 1528). El escritor que
pudo leer las cartas que le enviaban al Emperador desde la Roma saqueada en
1527, pero también el Diálogo de doctrina cristiana, de su hermano Juan
de Valdés (1529), que circula sólo unos meses porque la Inquisición lo requisa;
o que conocía muy bien los dos Diálogos que él mismo escribió y que se
imprimirían, después de su muerte, en Italia en una imprenta clandestina y sin
nombre de autor.
También hablo, en este último ensayo, del proceso que
condenó a la hoguera como judío relapso a su tío materno, Fernando de la
Barrera, capellán de la iglesia de San Salvador de Cuenca, y del que sólo
confinó en un convento a Pedro López, un clérigo amancebado de la misma
parroquia, al que también acusan de judaizante. La familia materna de Alfonso de
Valdés era de origen judío (y parte de la del padre); así se lo recuerda
Castiglione en una feroz carta que le escribe a raíz de su Diálogo de las cosas
acaecidas en Roma y de su ataque al Papa y a la iglesia corrupta. Le hablaba de
su gusto por hacer reír, por decir gracias (“molti vi dilettate di essere
faceto, i di dire grazie”), por atacar a personas como hacían los censurados
cómicos antiguos, porque la sátira “riprende i vizi ma non nomina le persone”.
Le recomienda disparar hacia donde no pase nadie: “dovevate pigliare soggetto
meno importante, e fare come quelli che, per passar tempo, esercitandosi tirano
di balestra, e mettono il bersaglio in luogo dove non passi persona”. Es lo que
va a hacer en el Diálogo de Mercurio y Carón con el desfile de ánimas sin
nombre y en el Lazarillo de Tormes con los amos de Lázaro: ellos son la
diana a la que apunta su sátira. Lázaro fue su víctima, el testigo de sus
vicios, de su falta de caridad; “Lazarillo” de Tormes lo contó; en la víctima
hay a menudo inocencia, simpleza; en el narrador hay toda la aguda inteligencia
fustigadora que el diminutivo indica. Lazarillo de Tormes es una sátira
erasmista, pero tan espléndida que se convirtió en uno de los pilares de la
novela realista moderna; y su entrañable personaje, víctima y observador de sus
viciosos amos, pasó a ser –sin serlo– el modelo del pícaro, uno de los entes de
ficción más universales de nuestra literatura.
Vd. escribe en su
libro que Lázaro no es un pícaro, y su historia no es una novela, ¿por
qué?
Lázaro es un mozo de muchos amos y no un pícaro; nunca aparece
la palabra en la obra y tampoco se comporta como tal. Sus modelos son Pármeno,
criado de Calisto, de La Celestina, Rampín, criado de La Lozana
Andaluza o Francisco, el mozo del escudero Muñoz de Tinellaria, la
comedia de Torres Naharro. Y, en efecto, Lázaro no cuenta toda su vida, sino
sólo la que pasa sirviendo a sus amos. No es tampoco una novela, sino una
declaración que hace Lázaro delante de un escribano respondiendo a la demanda de
información sobre el caso que pidió la dama, “Vuestra Merced”. Ella está
preocupada porque ha oído decir que su confesor, el arcipreste de San Salvador,
está amancebado con su criada, a la que ha casado para cubrir las apariencias; y
quiere saber si esos rumores son ciertos porque el secreto de su confesión
peligraría en boca de un clérigo amancebado, al que además le gusta el vino
(Lázaro pregona sus vinos). En efecto, tal vez un día al arcipreste se le ocurra
contarle algo de lo que le han dicho en confesión a su manceba, y tal vez ésta
se lo cuente luego a su marido…que es el pregonero de Toledo, Lázaro de Tormes.
La declaración de Lázaro es en realidad una agudísima sátira erasmista. Lo que
sucede es que recoge elementos de las comedias, de Plauto, de Torres Naharro, de
la tragicomedia que es La Celestina y de las obras que de ella derivan;
pero también de las novelas italianas, del Decamerón de Boccaccio, del
Novellino de Masuccio. Es tal la riqueza que tiene el texto del
Lazarillo que sin ser una novela, acaba siendo el inicio de la novela
moderna; y su protagonista, sin ser un pícaro, será el modelo de los
pícaros.
No obstante, ¿se puede hablar de la picaresca,
desvinculándola del Lazarillo y al revés?
Sí, en efecto. El Lazarillo
sigue siendo el modelo de la novela picaresca porque Mateo Alemán se inspiró en
él para escribir su Guzmán de Alfarache ; y respondía además esa
imitación a la lectura que hicieron de la obra los contemporáneos. Advierta cómo
creyeron que Lázaro escribía su autobiografía, cuando en realidad no lo hace (no
cuenta su vida, sino su relación con sus amos, y su objetivo es el relato del
“caso”); y además no escribe porque no sabe escribir: habla, hace una
declaración. ¡De tal forma que los pícaros fueron a la Universidad para que
fuera verosímil que pudieran escribir su autobiografía! Yo hago broma diciendo
que nuestro país había sido tan culto que hasta los pícaros eran universitarios
(cuando un 80% de la población era analfabeta).
Cuando se devolvieron a
sus autores los libros como por ejemplo La Celestina o La lozana
andaluza, los historiadores basaron en unas claras informaciones escritas
que indicaban cuáles fueron los autores, Ud. basa en las relaciones
intertextuales. ¿Cree que esto basta? ¿No puede ocurrir, según su opinión, que
todas estas relaciones pueden ser un resultado de la mera
coincidencia?
He descubierto ya dieciséis obras en el texto del
Lazarillo: 16 lecturas de su autor. No es posible la coincidencia de
motivos literarios tan evidentes como los que señalo. Y tampoco es posible que
la presencia de tantas lecturas coincidentes en los dos Diálogos de
Alfonso de Valdés y en el Lazarillo sea fruto del azar. Todos llevamos dentro un
Santo Tomás y queremos tocar la llaga para creer en la herida, pero ante la
falta de documentos, si se suspendiera toda investigación, la ciencia no habría
avanzado un paso. Este es el gran escollo con el que me encuentro: en filología
no se acepta que la investigación basada en elementos textuales desmienta lo que
han afirmado antes filólogos prestigiosos. Sólo un documento acallaría las voces
de protesta o incluso insultantes. Sin embargo, yo confío plenamente en que las
nuevas generaciones de filólogos me lean sin prejuicios, sigan mis
razonamientos, los comprueben, los enriquezcan y vean cómo indudablemente los
textos nos están ofreciendo las pruebas innegables de lo que afirmo. Los jóvenes
y la literatura me darán la razón…dentro de algún tiempo.
Sabemos
de las relaciones de los erasmistas españoles con Juan Dantisco. ¿Qué sabemos
sobre los contactos entre Dantisco y Alfonso de Valdés?
Se carteaban.
Las cartas que se conservan –muy interesantes– indican que tenían una relación
amistosa muy estrecha; Dantisco era un ferviente defensor de Alfonso de
Valdés.
¿Cree que ahora, después de su revelación, deberíamos traducir
de nuevo el Lazarillo a todos los idiomas, a los que fue traducido antes, y
publicarlo, ya con el nombre de su autor?
Sería lo deseable; al menos
hacer una edición con el nombre de su autor en la portada (que es lo que yo me
he apresurado a hacer), y luego poner un enlace en las bibliotecas entre las
ediciones de la obra como anónima y las que incorporaran la autoría de Alfonso
de Valdés. Es un acto de justicia. Le quitaron a Alfonso de Valdés sus tres
obras; en el siglo XIX se le devolvió la primera, el Diálogo de las cosas
acaecidas en Roma; en 1925, Bataillon puso de manifiesto cómo teníamos una
prueba evidente de que también fue él el autor de la segunda, el Diálogo de
Mercurio y Carón. Espero que, por fin, en este siglo se reconozca que el
mejor prosista de la primera mitad del siglo XVI es también el autor de esa
maravilla que es La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y
adversidades.
¿Tiene la satisfacción parecida a la que debía de tener
Marcel Bataillon al devolver al Alfonso de Valdés su Diálogo de Mercurio y
Carón? ¿Cree que ha cumplido con un acto de
justicia?
Efectivamente, así es. Escribí la respuesta anterior sin
haber leído esta pregunta. Es lo único que me interesa: devolverle la obra a ese
hombre que vivió entre tantos peligros, a ese escritor espléndido. Sólo su
dedicación a la política y el apoyo que el canciller Gattinara y el propio
Emperador le dieron pudieron salvarle de la persecución inquisitorial. Sus
orígenes conversos, su agudeza intelectual y su postura crítica contra la
iglesia corrupta le situaban en un lugar en el mundo sumamente peligroso. Sigo
investigando sin descanso para ofrecer a los lectores más y más datos, y así
dejarlo todo sólidamente establecido.
¿Sobre qué está trabajando
ahora, podemos esperar una nueva revelación tan importante?
Sigo
leyendo libros que sé que Alfonso de Valdés pudo haber leído, porque se
publicaron antes de 1529, que fue cuando se marcha de España con la corte del
Emperador. En mi segundo ensayo, “Lazarillo de Tormes” y Alfonso de
Valdés, he aportado ya lecturas decisivas, como el Decamerón de
Boccaccio, el Novellino de Masuccio, o la Obra de agricultura de Gabriel
Alonso de Herrera o el Tercer abecedario espiritual de Francisco de Osuna. Ahora
estoy leyendo los libros de caballerías que su hermano Juan leyó y que él debió
también de leer: he encontrado ya huellas de lecturas de Claribalte y de
Lisuarte de Grecia. Al mismo tiempo, estoy leyendo una y mil veces las
tres obras de Alfonso de Valdés por si veo alguna relación que me haya pasado
desapercibida. Mi experiencia me dice que podemos leer mil veces algo sin ver
nada, y a la mil una advertir una evidencia. Está a punto de aparecer una
edición mía del texto, publicada por la editorial Alfonsípolis de Cuenca, y
aporto notas al texto que me parecen importantes. Ojalá pudiera anunciarles
nuevas revelaciones; pero no pierdo la esperanza de que pueda ser así; tengo
echados varios anzuelos en lugares que no puedo aún revelar ¡a ver si pican los
datos! Localicé, por ejemplo, un séptimo ejemplar, que no se conocía, de la
edición de Amberes de 1554 en la biblioteca de Leiden; tenía esperanzas que
tuviera alguna anotación: no ha sido así por desgracia.
Con Rosa Navarro Durán habló, mediante Internet,
Jakub Lelek kuba@iberysci.pl
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